En el país de las siete millones de cabezas de ganado, comer un asado en esta Semana Santa se ha vuelto un acto de fe.
Lo que debería ser una tradición de encuentro familiar se ha transformado en un fenómeno digno de estudio teológico: el milagro de hacer rendir el sueldo frente a los precios de la carne más altos de los últimos tiempos.
Mientras la Iglesia invita a la reflexión, el pueblo paraguayo reflexiona frente a las góndolas, preguntándose en qué momento la costilla vacuna pasó de ser el plato nacional a un artículo de alta joyería.
El vía crucis del consumidor no es casualidad. El mercado paraguayo sufre una distorsión difícil de explicar: somos una potencia exportadora que alimenta al mundo, pero que castiga a su propia gente.
Los mejores cortes viajan en barco y avión, mientras que el mercado interno se queda con las sobras a precio de oro.
Existe una percepción ciudadana de que ciertos sectores de la cadena -frigoríficos y grandes intermediarios – están aprovechando la demanda para «exprimir» al máximo al consumidor, sin que existan mecanismos reales de control que frenen esta escalada.
Para el Gobierno de Santiago Peña, dejar que los precios de la canasta básica se disparen tiene un costo político inmediato. No se trata solo de inflación; se trata de percepción de abandono.
El ciudadano siente que mientras el Estado se jacta de los récords de exportación y del «grado de inversión», el paraguayo de a pie tiene que «hacer milagros» para poner un pedazo de carne en la parrilla.
Las ferias de descuento y los operativos de última hora son vistos como meras aspirinas para una enfermedad crónica: la falta de una política que proteja la mesa del trabajador frente a la voracidad de unos pocos que «se pasan de lanza».
Esta Semana Santa dejará un sabor amargo. No por el ayuno religioso, sino por el ayuno forzoso que imponen los precios.
El «milagro» paraguayo hoy no es multiplicar los panes, sino lograr que un kilo de vacío alcance para toda la familia sin terminar con la cuenta bancaria en rojo.

